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La Matriz del Universo y la luz Astral

la Luz Astral, se define así:


Es el Alma Universal, la Matriz del Universo, el Mysterium Magnum del cual nace todo lo que existe, por separación o diferenciación. Es la causa de la existencia; llena todo el Espacio infinito, es el Espacio mismo, en un sentido, o sus principios sexto y séptimo a la vez . Pero como finita en lo Infinito, en lo que a la manifestación concierne, esta Luz debe tener su aspecto sombrío, como ya se ha observado. Y como lo Infinito jamás puede ser manifestado, de aquí que el mundo finito tenga que contentarse con sólo la sombra, atraída, con sus acciones sobre la humanidad, y que los hombres atraen y ponen en actividad

 

De modo que al paso que la Luz Astral es la Causa Universal en su unidad no manifestada e infinita, se convierte, respecto de la humanidad, simplemente en los efectos de las causas producidas por los hombres en sus vidas pecadoras. No son sus brillantes moradores -ya se llamen Espíritus de la Luz o de las Tinieblas- los que producen el Bien y el Mal, sino que la humanidad misma es la que determina la inevitable acción y reacción del Gran Agente Mágico. La humanidad es la que se ha convertido en la “Serpiente del Génesis”, causando así diariamente y a cada hora la Caída y el Pecado de la “Virgen Celestial”, la cual se convierte de este modo en Madre de Dioses y de Demonios a un mismo tiempo; pues ella es la Deidad siempre amante, y benéfica, para todos los que conmueven su Alma y su Corazón, en lugar de atraer hacia sí su esencia sombría manifestada, llamada por Eliphas Lévi “la luz fatal” que mata y destruye. La humanidad, en sus unidades, puede exceder y dominar sus efectos, pero tan sólo por la santidad de vida y produciendo buenas causas. Tiene ella poder únicamente sobre los principios inferiores manifestados, sombra de la Deidad Desconocida e Incognoscible en el Espacio. Pero en antigüedad y realidad, Lucifer o Luciferus es el nombre de la Entidad Angélica que preside sobre la Luz de la Verdad como sobre la luz del día. En el gran Evangelio Valentiniano Pistis Sophia se enseña que de los tres Poderes que emanan de los Santos Nombres de los tres Poderes Triples, el de Sophia (el Espíritu Santo, según estos gnósticos, los más instruidos de todos) reside en el planeta Venus o Lucifer.


 De esta suerte, para el profano, la Luz Astral puede ser Dios y Demonio a la vez -Demont est Deus inversus-, lo que es como decir que en cada punto, en el Espacio Infinito, palpitan las corrientes magnéticas y eléctricas de la Naturaleza animada, las o­ndas productoras de la vida y de la muerte, pues la muerte en la tierra se convierte en vida en otro plano. Lucifer es la Luz divina y terrestre, el “Espíritu Santo” y “Satán” de una pieza y al mismo tiempo el Espacio visible verdaderamente lleno invisiblemente con el Aliento diferenciado; y la Luz Astral, los efectos manifestados de los dos que son uno, guiada y atraída por nosotros mismos, es el Karma de la Humanidad, entidad a la vez personal e impersonal: personal, porque es el nombre místico dado por Saint Martin a la Hueste de Creadores Divinos, Guías y Regentes de este Planeta; impersonal, como Causa y Efecto de la Vida y Muerte Universales.


 La Caída fue el resultado del conocimiento del hombre, pues sus “ojos fueron abiertos”. Verdaderamente, le fue enseñada la Sabiduría y el Conocimiento Oculto por el “Ángel Caído”; pues este último se ha convertido desde entonces en su Manas, la Mente y la Propia Conciencia. En cada uno de nosotros existe, desde el principio de nuestra aparición en esta Tierra, el dorado hilo de la Vida continua, periódicamente dividida en ciclos pasivos y activos, de existencia sensible en esta Tierra, y suprasensible en el Devachán. Es el Sûtrâtmâ, el hilo luminoso de la Monada impersonal inmortal, en el cual se engarzan, como otras tantas cuentas, nuestras “vidas” terrestres o Egos transitorios, según una hermosa expresión de la Filosofía Vedantina.


 Y ahora queda probado que Satán, o el Dragón Ígneo Rojo, el “Señor del Fósforo” -el azufre fue un progreso teológico- y Lucifer, o el “Portador de Luz”, está en nosotros: es nuestra Mente, nuestro Tentador y nuestro Redentor, nuestro Libertador inteligente y Salvador de la pura animalidad. Sin este principio -emanación de la esencia misma del principio puro divino Mahât (la Inteligencia) que irradia directamente de la Mente Divina- no seríamos seguramente más que animales. El primer hombre Adán, sólo fue hecho alma viviente (Nephesh), el último Adán fue hecho espíritu acelerador (16), dice Pablo, refiriéndose a la construcción o creación del hombre. Sin este espíritu acelerador, mente humana  o alma, no habría diferencia entre el hombre y el bruto; como no la hay, de hecho, entre los animales respecto de sus acciones. el tigre y el asno, el milano y la paloma, son tan inocentes y puros uno como otros, por ser irresponsables. Cada uno sigue su instinto: el tigre y el milano matan con la misma indiferencia con que el asno come un cardo o la paloma picotea un grano de trigo. Si la Caída tuviese la significación que le asigna la Teología; si esa Caída ocurrió como resultado de un acto que la Naturaleza nunca se propuso, un pecado, entonces ¿cuál es el caso de los animales? Si se nos dice que procrean sus especies en consecuencia de aquel mismo “pecado original”, por el cual Dios maldijo a la Tierra, y por tanto, todo lo que en ella vive, presentaremos otra pregunta. La Teología nos dice, y también la Ciencia, que el animal apareció en la Tierra mucho antes que el hombre; y preguntamos a la primera: ¿Cómo fue que procrearon sus especies, antes de que el Fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal hubiese sido cogido?

 

 

 

 
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